«Sabíamos que podía pasar». Así empieza el recuerdo de Ramón “Peinado” Acuña cuando vuelve a aquella mañana del 1 de julio de 1974. La salud de Juan Domingo Perón venía deteriorándose desde hacía semanas y, entre los militantes de la Juventud Peronista, existía la certeza de que el desenlace podía llegar en cualquier momento.
Pero cuando la noticia finalmente se conoció, el dolor dio paso a la organización.
La Juventud Peronista tenía su local sobre la calle Beato Roque González, a pocos metros de Roque Pérez. Desde allí salió una de las primeras expresiones de duelo que se vivieron en Posadas: una marcha de antorchas que reunió a unas dos cuadras de militantes.
La columna avanzó hasta la Municipalidad, donde se había improvisado un velorio simbólico. Allí realizaron una formación y un saludo en silencio. Luego continuaron por Rivadavia y Bolívar hasta la sede del Partido Justicialista, donde repitieron el homenaje antes de desconcentrarse.
Pero la despedida más grande llegó días después.
Todo el peronismo misionero se movilizó hasta el cementerio La Piedad para realizar un acto frente a la Cruz Mayor. La Juventud Peronista integró una de las columnas más numerosas y quiso llevar una corona floral que representara a la organización.
El problema fue que ya no quedaban flores.
«Se habían vendido todas las coronas que había en Posadas», recordó Acuña.
Entonces apareció el ingenio. Consiguieron el follaje para armar una estructura circular de casi dos metros de diámetro y el centro lo completaron con decenas de claveles blancos hechos artesanalmente con papel crepé. En el medio colocaron un banderín con las siglas de la Juventud Peronista.
La enorme corona terminó llamando la atención de todos los presentes.
En la ceremonia, cada organización tenía un representante junto a la Cruz Mayor. El referente de la Juventud Peronista quedó ubicado al lado de Ramón Jorgensen, dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y referente sindical por aquellos años, justo en momentos en que la relación entre la JP y ese sector sindical atravesaba fuertes tensiones.
En Posadas el episodio pasó casi inadvertido. Sin embargo, tiempo después, recordó Acuña entre risas, al dirigente sindical le recriminaron haber compartido el lugar protocolar con un representante de la Juventud Peronista que, además, exhibía orgullosamente el banderín de la organización sobre la enorme corona.
Como si la jornada necesitara una última anécdota, apareció un viejo conocido de la militancia.
Hugo Mathot —un ex sacerdote que se había alejado de la Iglesia porque no compartía la visión de la conducción eclesiástica de ese entonces y que incluso ya se había casado— recibió un pedido muy particular: volver a ser cura por un rato para encabezar una oración durante el homenaje.
Aceptó sin dudar.
Buscó la sotana que guardaba desde hacía años, aunque el tiempo había hecho lo suyo. Estaba arrugada, ya no le cerraba porque había aumentado de peso y aun así la vistió para acompañar la despedida.
«Fue con la sotana arrugada y que no le prendía», recordó Acuña entre risas.
Son recuerdos que sobreviven más allá de los grandes discursos y los actos oficiales. Pequeñas escenas que muestran cómo un grupo de jóvenes militantes vivió el adiós a Perón en una Posadas completamente movilizada, donde hasta las flores escasearon por la cantidad de homenajes y donde la creatividad terminó reemplazando lo que faltaba para decir presente.
(Foto ilustrativa)










