La desaceleración de la inflación todavía no se refleja en el bolsillo de los argentinos. Un informe de Empiria revela que los hogares destinan hasta el 50% de sus ingresos al pago de deudas, tarifas, alquileres y otros gastos esenciales, mientras crecen la morosidad y la dependencia del crédito para sostener el consumo.
Las familias argentinas atraviesan uno de los niveles más altos de presión financiera de los últimos años. Aunque la inflación continúa desacelerándose y algunos indicadores macroeconómicos muestran señales de recuperación, la realidad de los hogares refleja otra dinámica: una porción cada vez mayor de los ingresos se destina al pago de créditos, tarjetas, alquileres, tarifas y otros gastos esenciales, mientras crece la morosidad y disminuye la capacidad de consumo.
Ese es el principal diagnóstico del último informe elaborado por Empiria Consultores, la firma de análisis económico fundada por el exministro de Economía Hernán Lacunza. El trabajo sostiene que los compromisos financieros y los gastos fijos absorben cerca del 50% de los ingresos familiares, una situación que coincide con datos oficiales del Banco Central de la República Argentina (BCRA), del INDEC y con relevamientos de consultoras privadas que vienen advirtiendo sobre el deterioro de la economía doméstica.
El estudio muestra que la masa salarial destinada exclusivamente al pago de deudas bancarias y financieras alcanzó en abril el 24%, el nivel más elevado desde octubre del año pasado y uno de los registros más altos de la serie reciente. El indicador contempla préstamos personales, créditos prendarios, tarjetas de crédito y otras obligaciones asumidas por los hogares.
Cuando al ingreso familiar se incorporan las transferencias del Estado —como la Asignación Universal por Hijo (AUH), la Tarjeta Alimentar y otros programas sociales— ese porcentaje desciende al 17%. La diferencia revela el peso que tienen las políticas de asistencia para sostener la capacidad de pago de los sectores de menores ingresos y evitar un deterioro aún mayor de la situación financiera.
Sin embargo, el alivio resulta parcial. Al sumar el costo de los servicios públicos, alquileres, transporte, salud, educación y alimentos, el informe concluye que prácticamente la mitad de los recursos mensuales de numerosas familias queda comprometida antes de iniciar el mes, reduciendo al mínimo la capacidad para consumir, ahorrar o enfrentar gastos imprevistos.
La otra señal de alerta aparece en el comportamiento del crédito. Según Empiria, la morosidad de las familias volvió a aumentar durante mayo. La tasa de irregularidad de los préstamos al sector privado no financiero alcanzó el 12,3%, con una suba de 0,2 puntos porcentuales respecto del mes anterior. El incremento coincide con el fuerte crecimiento que experimentó el crédito al consumo durante el último año, impulsado por la mayor oferta bancaria y la necesidad de muchas familias de financiar gastos corrientes.
Los datos son consistentes con los Informes sobre Bancos publicados por el Banco Central. La autoridad monetaria viene registrando un aumento sostenido de la mora en las líneas destinadas al consumo, especialmente en tarjetas de crédito y préstamos personales. En cambio, el financiamiento otorgado a empresas mantiene niveles de incumplimiento considerablemente menores.
Empiria también observa esa diferencia. Mientras la morosidad de los hogares escaló hasta el 12,3%, la correspondiente a las empresas privadas permaneció estable en torno al 3,3%. El contraste muestra que el mayor estrés financiero se concentra en las economías familiares, donde el salario continúa perdiendo capacidad para absorber el incremento de los gastos estructurales.
Otras consultoras
Diversas consultoras privadas coinciden con ese diagnóstico. Informes de LCG, Eco Go, Equilibra, PxQ y Analytica vienen señalando que la recuperación del salario real, impulsada por la desaceleración inflacionaria, todavía no alcanza para recomponer plenamente el poder adquisitivo perdido durante los últimos años. Una parte creciente de los aumentos salariales queda absorbida por tarifas, alquileres, cuotas de créditos y refinanciaciones de tarjetas.
Los datos oficiales del INDEC también muestran que el consumo continúa recuperándose de manera lenta y heterogénea. La Cámara Argentina de Comercio (CAC) y la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) registran una mejora gradual en algunos rubros, aunque el consumo masivo permanece por debajo de los niveles históricos. Los hogares priorizan el pago de obligaciones antes que las compras de bienes no esenciales y concentran sus decisiones de consumo en promociones, descuentos y financiamiento.
En paralelo, las entidades financieras observaron un crecimiento significativo de los préstamos personales y del uso de tarjetas de crédito durante los últimos meses. Ese financiamiento permitió sostener parcialmente el nivel de actividad, pero también incrementó el nivel de endeudamiento de las familias. En numerosos casos, el crédito dejó de utilizarse para la adquisición de bienes durables y pasó a financiar alimentos, medicamentos, servicios públicos, combustible y otros gastos cotidianos.
La recomposición de los precios relativos también modificó la estructura del presupuesto familiar. Las actualizaciones de las tarifas de electricidad, gas, agua, transporte y combustibles elevaron el peso de esos rubros dentro del gasto mensual. A ello se suman los aumentos registrados en alquileres, salud y educación, que continúan representando una porción creciente de los ingresos.
El escenario describe un cambio profundo en la economía de los hogares. La principal preocupación ya no pasa únicamente por el nivel de ingresos, sino por la cantidad de recursos que llegan comprometidos al comienzo de cada mes. Para una parte importante de la población, el salario deja de ser una herramienta para ampliar el consumo y se transforma, cada vez más, en un mecanismo para cancelar obligaciones previamente asumidas.
Los distintos indicadores oficiales y privados convergen en un mismo diagnóstico: la estabilidad macroeconómica todavía no se traduce en una recuperación plena de la economía familiar. Mientras el crédito sostiene parte del consumo, también aumenta la vulnerabilidad financiera de los hogares, que enfrentan un equilibrio cada vez más frágil entre ingresos, gastos fijos y capacidad de pago.













