(Revista Hegemonía). De viaje por un país como Paraguay uno tiene la oportunidad de observar más allá de la teoría, en la práctica, lo que es el verdadero liberalismo en un sentido manchesteriano, el liberalismo existente en los albores de la revolución industrial y todavía preservado en Paraguay como en una muestra viva del catálogo histórico.
Es importante hablar de esto porque andan por ahí algunos influencers vendiendo a Paraguay como si se tratara poco menos que del santo grial o la última coca-cola del desierto. En efecto Paraguay es eso mismo, pero solo para quienes tienen dinero en abundancia. El que lo tiene vive en Paraguay como en ninguna otra parte.
¿Pero qué pasa con todos los demás, con quienes no tienen dinero y deben vivir de su trabajo? Bueno, para estos Paraguay es un infierno de esfuerzo mal remunerado, prestaciones sociales inexistentes —no malas, sino directamente inexistentes— y ausencia de los mecanismos de contención para quienes van quedando al costado del camino.
Exactamente como en los albores de la revolución industrial, como veíamos. El rico en Paraguay paga un 10% de impuestos y por eso vive mejor que en cualquier lado, pero por otra parte con un 10% plano de carga impositiva el Estado es una ficción y no puede atender a las demandas de la mayoría.
Es el proyecto político de lo que quedó de Paraguay después de la Triple Alianza, por supuesto, hay que entenderlo. Esa guerra fratricida por encargo de Londres inviabilizó el país y estos son los resultados. No es, por lo tanto, una crítica a los paraguayos que seguramente hacen lo mejor que pueden. Es una crítica al proyecto político liberal.
El liberalismo es pecado para los católicos y por una razón muy concreta: no existe en la cosmovisión del catolicismo un mundo en el que sea aceptable abandonar a su suerte a quienes quedan al costado del camino por ser incapaces de triunfar en el sistema, que son los más. El liberalismo es pecado porque permite que unos pocos la pasen muy bien a costilla del sufrimiento de la mayoría.
El proyecto político liberal es el que tratan ahora de instalar en países como el nuestro (N. de la R.: como Argentina, claro) países católicos sin cultura liberal. Y de ahí el conflicto. Nuestra gente hispana no sabe vivir en un sistema que favorece a los tiburones en detrimento de las mojarritas. Nuestra gente no sabe vivir viendo padecer al de al lado.
No se trata de izquierda o derecha, se trata de pensar en cómo hace un padre de familia con un hijo enfermo en un país sin salud pública. Se trata de ser humano y no tiburón. Se trata, en fin, de elegir en qué mundo quiere uno vivir. ¿Puede uno comer y beber sabiendo que a su lado millones tienen hambre y tienen sed?
Si uno puede hacerlo le conviene sí irse a Paraguay a ser un tiburón. Pero si no, lo que conviene es pelearla acá para erradicar el pecado liberal que quieren cristalizar, precisamente, los tiburones. No hace falta ser comunista (y de hecho acá tampoco lo somos, el zurdo es otra especie de liberal) para entender que en todo mar los tiburones son siempre muy poquitos, que en mayor o menor medida mojarritas somos todos.











