La creciente exposición de niños y adolescentes a pantallas genera preocupación en el ámbito pediátrico. La doctora Silvina Pedrouzo, presidenta de la subcomisión de Tecnologías de Información y Comunicación de la Sociedad Argentina de Pediatría, alertó sobre los efectos del uso no apropiado de dispositivos digitales, y aseguró que ya se están viendo las consecuencias en todas las edades.
Pedrouzo definió la dependencia digital como la incapacidad para dejar de usar la tecnología pese a las consecuencias negativas que esto genera en la vida cotidiana. “La actividad digital se vuelve prominente por sobre otras, pierden la motivación y muestran un patrón persistente que no pueden frenar, como jugar o apostar en línea”, explicó. Las consecuencias, señaló, se manifiestan en el ámbito académico, familiar, social y emocional.
Respecto a la edad recomendada para tener un celular, la especialista sostuvo que no hay una única respuesta, ya que depende del nivel de madurez de cada niño. Sin embargo, estimó que entre los 13 y 14 años podría considerarse razonable, cuando el menor ya se traslada solo y necesita estar comunicado con su familia. Además, recordó que las redes sociales también tienen una edad mínima sugerida que ronda ese rango.
Pedrouzo advirtió que, en niños pequeños, el uso de pantallas estimula de forma excesiva el cerebro a través del color, la luz y el movimiento. Esto impide el desarrollo de otras habilidades fundamentales como el juego, el vínculo con otros y la exploración del ambiente. Además, se activan emociones adictivas vinculadas a la dopamina, un neurotransmisor asociado al placer, lo que genera dificultades para dejar de interactuar con los dispositivos.
Entre los síntomas de alerta en los más chicos, mencionó el retraso del lenguaje, problemas para regular comportamientos, intolerancia a la frustración, dificultades para aceptar límites y habilidades sociales debilitadas. En muchos casos, los niños no pueden dormir, comer ni jugar sin el celular. En los más grandes, el uso excesivo se traduce en problemas de atención, aislamiento, depresión y, en situaciones extremas, ideaciones suicidas.
La pediatra remarcó que los padres son responsables del acceso de sus hijos a la tecnología, y que el rol del adulto es acompañar y guiar, enseñando a usar los dispositivos con criterios saludables. “El trabajo del niño es jugar”, dijo, y subrayó que la tecnología debe ser una herramienta, no el centro de la vida cotidiana.
En cuanto al uso de pantallas según la edad, Pedrouzo señaló que antes de los 2 años debe evitarse por completo. Entre los 3 y 5 años, el uso puede ser limitado y siempre con la compañía de un adulto que ayude a decodificar los contenidos. En niños más grandes, recomendó supervisar con quién juegan, qué consumen, aplicar controles parentales y consensuar límites. También es clave equilibrar con actividades físicas, juego libre y relaciones cara a cara.
Pedrouzo participó como experta en la encuesta Kids Online de UNICEF Argentina, un relevamiento nacional que consultó a más de 5900 niños. Entre los hallazgos, se destaca que el 95% tiene acceso a internet desde un celular propio, uno de cada cuatro ha apostado dinero en línea alguna vez y el 79% juega videojuegos a diario. Las búsquedas más frecuentes en internet entre los adolescentes son sobre cómo adelgazar o cómo ganar dinero fácil.
La especialista también hizo hincapié en los riesgos asociados al uso no controlado de las redes, como el deterioro de la salud mental, el grooming, el ciberbullying, y la presión por la aceptación social. Mencionó la serie “Adolescente” como ejemplo del impacto de las comunidades virtuales ligadas a la masculinidad tóxica.
“Todo esto requiere padres presentes”, enfatizó Pedrouzo. Sostuvo que la tecnología no es buena ni mala, pero debe ponerse en su lugar, y que los adultos tienen que cuidar a sus hijos también en el entorno digital. Finalmente, advirtió sobre los contenidos fragmentados que predominan en videos y dibujos animados, y señaló que los niños pequeños aprenden en tres dimensiones, por lo que es necesario que haya una persona presente que los ayude a comprender lo que ven.










