Por Alejandro Fabián Spivak
La noticia de la muerte del Papa Francisco conmocionó al mundo, pero en Argentina el golpe es más profundo. Nicolás Baisi, obispo de la diócesis de Iguazú y quien lo conoció desde 1970, lo define como «el Papa que transformó la Iglesia» con un estilo cercano, una fe hecha obras y un mensaje sin fronteras.
«Fue un hombre que puso el foco en los excluidos: desde las villas de Buenos Aires hasta las periferias del mundo», afirmó Baisi en una entrevista emocionada. Resaltó su insistencia en el perdón divino, el cuidado del planeta —»la casa común»— y su rechazo a que la religión sea un muro: «La abrió a todos, sin importar credos».
El prelado recordó anécdotas personales, como cuando recibió la comunión de manos de Francisco —entonces superior jesuita— o su trabajo conjunto en parroquias. Sobre la frustrada visita del Papa a Argentina, admitió: «Temía que su viaje se politizara. Quería ser pastor, no bandera».
Mientras la diócesis local prepara misas y vigilias, Baisi evitó especular sobre el sucesor: «Nadie predijo a Francisco en 2013». Su certeza es otra: «Dejó una marca imborrable: la caridad como brújula».
El obispo de Iguazú conoció a Jorge Bergoglio cuando recibió la comunión en la iglesia donde el fallecido Papa era superior.
La entrevista
—¿Cuál es su primera reflexión sobre la muerte del Papa Francisco?
-Es una noticia muy dolorosa. Estábamos contentos porque venía recuperándose después de la crisis hospitalaria; cada día mejoraba, incluso apareció en Semana Santa. Creíamos que era una crisis superada, así que nos toma por sorpresa y nos llena de tristeza.
—¿Qué significó el Papa Francisco, primero para Argentina y luego para el mundo?
-Es difícil evaluarlo sobre la marcha, pero fundamentalmente fue un Papa que puso la fe en obras. Se preocupó mucho por el ejercicio de la caridad, la misericordia de Dios, el perdón y la ayuda al prójimo. Siempre insistió en la inclusión mutua y la colaboración. Desde que era sacerdote, mostró una preocupación especial por los más pobres, los excluidos, los que sufrían. Ya como jesuita y luego en Buenos Aires, se ocupó de la gente de las villas y las periferias. Como Papa, continuó esa misión, llevando la Iglesia a todos los rincones. Su gran legado es el ejercicio de la caridad, el amor al prójimo y la insistencia en el perdón de Dios. Jesús vino al mundo precisamente para traernos esa misericordia.
—También luchó por la casa común…
-Sí, otra de sus grandes contribuciones fue incorporar el cuidado de la creación como parte central de la doctrina social de la Iglesia. La casa común es el tesoro que Dios nos dio para administrar. Como dice el Génesis, el hombre fue puesto en el jardín para cultivarlo y cuidarlo. En los últimos años, nos hemos enfocado más en explotar que en preservar. Francisco nos abrió los ojos ante ese desequilibrio.
—¿Cree que habrá un antes y un después en la Iglesia tras su fallecimiento? Muchos coinciden en que la transformó.
-Sí, cambió la Iglesia. La abrió.
—Incluso sin distinción de credos…
-Sí, la abrió a todos, sin importar su fe. Cada Papa grande deja su marca, y Francisco no fue la excepción.
—¿Lo conoció personalmente?
-Sí. Casi fue mi profesor—él creía que lo había sido, pero por un año no coincidimos. Recibí la comunión en 1970 en la iglesia donde él era superior, y desde entonces nos conocíamos. Luego, siendo estudiante, estuve en su primera parroquia, que después fue también la mía como cura. Como obispos, tuvimos reuniones periódicas y trabajamos juntos.
—Le quedó pendiente visitar Argentina…
-Creo que al principio no quiso, y luego la situación se complicó. No deseaba que su visita se usara políticamente. Quería ser pastor de todos, como siempre: un hombre de barrio, de caminar las calles.
—¿Qué tipo de Papa cree que se elegirá ahora? ¿Qué intuye?
-La verdad, no tengo idea. Cada vez que intento predecirlo, me equivoco. En 2013, ni se me ocurrió que pudiera ser Francisco.










